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Amor a primera vista, regocijo y tragedia 1

Marino Vinicio Castillo R.

Pese a mi excelente memoria no recuerdo bien el día, ni el mes, aunque sí el año ´42, en que ocurriera lo que traigo hoy como reminiscencia.

Era adolescente y quedé amarrado, luego como profesional al regresar a mi pueblo, a secuelas tristes de sucesos que mencionaré perdidos entre esas fechas. Una tarde sentimos los muchachos de la escuela ruidos ensordecedores de un escuadrón de bombarderos norteamericanos que volaba muy bajo.

Era el tiempo de la Segunda Guerra Mundial y se hablaba ya de las batallas del norte de África, de los ases del Mariscal Romel, el Zorro de Desierto. De Montgomery y Patton. Ocurrió que detrás del enjambre de aviones venían dos de ellos rezagados, uno, que dejaba una espesa estela de humo negro y toses de sus motores, anunciando su trágica caída; otro, que revoloteaba a su derredor, quizás para verlo caer o auxiliarlo en su aterrizaje forzoso. Nos lanzamos al patio interior de nuestra inolvidable Primaria República de El Salvador; grande era el pavor que todos sentimos al presenciar aquel episodio de muerte previsible de sus desventurados tripulantes.

Era una muestra mínima de la guerra enorme que se libraba en el mundo.

Imaginen el asombro del pueblo y la angustia que producía pensar dónde caería la tripulación, necesariamente numerosa.

Al atardecer llegaron las primeras noticias; era tiempo difícil para la difusión de informaciones, menos las de se tipo, receladas por el instinto público.

La sirena del semanario El Universal de don Ovidio Fontana se encargó de anunciar la buena nueva: Todos los tripulantes estaban a salvo; se logró aterrizar en la Sabana de Caobete, en una finca ganadera de don Carlos Mejía. Se llenó el Parque Duarte de alegría y en todos los rincones del pueblo hubo alivio y fiesta.

No es fácil describir la sicología colectiva que había generado el tiempo de guerra, cuando también se producían noticias dramáticas de hundimientos de barcos y presencia de los temidos U2, que pernoctaban en acecho en nuestras costas. Al día siguiente se presentaron al pueblo los jóvenes tripulantes salvados.

Eran muy robustos y risueños; se vio clara la empatía que surgió en la comunidad alborozada por el milagro de la vida de los nueve combatientes inminentes, que una vez se hicieran las reparaciones de lugar marcharían a cumplir compromisos con la libertad del mundo bajo opresión y asedio por una devastadora ambición de conquista jamás vista. Ahí nació este relato.

Tardaría el proceso de rehabilitar la nave de guerra; los jóvenes aviadores permanecerían en los brazos del pequeño pueblo que celebraba su salvación.

Las muchachas gentiles y bellas ofrecerían una decorosa compañía y los jóvenes atletas por igual, serían sus adversarios en partidos de pelota, voleyball y basket.

Fueron once días para no olvidar; los muy jóvenes éramos partícipes del gran regocijo; algunos, entre ellos yo, nos íbamos a Sabana de San Diego, donde aterrizaban los aviones llegados de Puerto Rico a traer nuevos motores y personal de reparación mecánica. Se organizaron excursiones de escolares para ir a Caobete y ver de cerca la imponente águila caída.

Ocurría todo aquello, desde luego, en un tiempo de destrucción y muerte en otras latitudes y sabíamos que esos muchachos podríamos estar viéndolos por última vez.

Por razones de espacio tengo que dividir en dos la recordación, no sin insistir en los cambios asombrosos que aquella guerra tremenda introdujo; aunque muy distante, poderosa, nos arrancó el sosiego a todos, incluidos los adolescentes; era tiempo de tormenta apocalíptica y sus desenlaces no estaban a la vista.

Ahora que nos afligen nuevos tormentos de plagas bíblicas y guerras posibles, no descarto que ya se padezca el síndrome de la igualación catastrófica ante un miedo común, porque pueden pasar cosas peores que las conocidas. Kabul puede ser trágico trailer de algún espanto verdaderamente terminal.

En la otra hoguera se debatía la suerte de la libertad; su resistencia era legítima y admirable. De ahí el gozo de mi humilde pueblo que recibía casi con honor el desplome del águila en uno de sus ubérrimos campos. Lo de hoy, es tan complejo y peligro-so como aquello; pero, no son los mismos sentimientos de acogida y uno ve morir en tiempo real decenas de desesperados en agónica fuga y de muchos soldados jóvenes y heroicos destinados a su protección y rescate, reventando sus vidas por obra de acciones demenciales de fanáticos suicidas.

Insisto en que la Pandemia, a pesar de sus durezas, brinda oportunidades para las reflexiones más inverosímiles. Hoy puedo decir que me sobrecogen temores parecidos a los de mi adolescencia, sintiendo que todo cuanto ocurre tiene mucho de umbral para desastres mayores que aquel tiempo de infierno. Es por ello que agradezco tanto a mis años poder expresar esta reminiscencia, que podría tener la apariencia de un gesto ingenuo de advertencia, pero que, cuando se comprueban los descalabros de la actualidad, ponen a pensar seriamente en el final atroz de un mundo plagado de pasiones, incomprensiones y sufrimientos inenarrables.

En la próxima entrega hablaré del amor a primera vista que surgiera, sólo para terminar en forma muy triste. Se verá lo que siguió al regocijo municipal como singular desenlace.





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