Cuba, el fin de la fiesta



Carlos Alberto Montaner

ESTADOS UNIDOS

La marcha cubana del 15 de noviem­bre ha sido convoca­da por Archipiélago. Esa agrupación no es un partido político y no pre­tende sustituir a los comunistas en la dirección del país. Toma su nombre de la diversidad. No es cierto que Cuba sólo sea una Isla. Es una isla grande –mayor que Holanda y Bélgica combina­das– y con muchos islotes habi­tables, a los que se agregan Isla de Pinos y la abundante cayería. Tampoco sus integrantes es­tán al servicio de los “america­nos” o, concretamente, de la CIA. Esa es la clásica infamia con la que el régimen pretende des­calificar a los que se oponen a su forzada unanimidad. Los nume­rosos miembros y simpatizantes de Archipiélago lo que desean es manifestarse y decir sus ver­dades amparados en la Consti­tución. La Constitución garantiza la libertad de pensamiento, pero, simultáneamente, condiciona lo que se lo que se dice a los fi­nes socialistas diseñados por el orden institucional del propio texto. Es deliberadamente am­biguo, dado que el modelo es la Constitución de Stalin de 1936 y sus derivados. Por una punta es­tablece los derechos fundamen­tales. Por la otra, los suprime. En el caso cubano, cuando Oswaldo Payá Sardiñas, a nom­bre del ‘Movimiento Cristiano de Liberación’, presentó las más de diez mil firmas (presentó más de 14,000) que se requerían para someter a referéndum una en­mienda constitucional que au­torizaría el multipartidismo, el Parlamento cubano (la ‘Asam­blea Nacional del Poder Popu­lar’) no se dignó a responderle. En el 2012, sencillamente, lo asesinaron junto a Harold Cepe­ro. Molestaban demasiado. Lo cuenta Human Rights Watch: tras un confuso incidente, en el que sólo murieron los cubanos, pese a que ambos habían salido por sus propios pies del auto. Es­to lo contó Ángel Carromero, un joven español que conducía el coche el día del crimen. Previamente, la Constitución, los fines comunistas de la socie­dad cubana y el rol del Partido, habían sido “blindados”, de ma­nera que resultara muy impro­bable modificar el curso de los acontecimientos cubanos. No obstante, es prácticamente impo­sible impedir esos cambios hacia la apertura. ¿Cuándo sucederán? Una vez que existe una masa crí­tica que los demande o, en su de­fecto, cuando existe la voluntad política de efectuarlos por cierta gente con poder efectivo. En Cuba concurren ambas fuer­zas. El 11 de julio pasado se hizo patente que los jóvenes desean ampliar los márgenes de parti­cipación de la sociedad, pero, al mismo tiempo, son millares los cuadros del propio Partido Comu­nista que se autodenominan “re­formistas”, y están deseosos de iniciar un cambio sustantivo que les permita abandonar para siem­pre las supersticiones colectivistas y autoritarias. Son 62 años de fra­casos continuados. En ese sentido, los casos de Leo Brouwer, de Pablo Milanés, y de Silvio Rodríguez, con ser diferen­tes, son muy significativos. Repi­tieron el “hasta aquí hemos lle­gado” de José Saramago, cuando en La Habana, fusilaron a tres jó­venes negros el 11 de abril de 2003. Brouwer se distanció tajan­temente del régimen cubano por la represión ejercida contra la so­ciedad civil el 11 de julio de este año. Golpearon y encarcelaron a centenares de personas pacíficas, lo que a este sobrino-nieto de Er­nesto Lecuona, gran guitarrista y gran compositor, le resultaba in­tolerable. Pablo Milanés vive en España desde 1992, de manera que no es de extrañar su franca ruptu­ra con el régimen, expresada en circunstancias anteriores y ahora reiterada. Más significativa fue la posición adoptada por Silvio Ro­dríguez. Se reunió más de una ho­ra con el joven dramaturgo Yunior García Aguilera tras su arbitraria detención, animador de Archipié­lago, y con su mujer, Dayana, rea­lizadora de cine. De esa reunión salió una petición formal del can­tautor a la dictadura para que pu­siera en libertad a los cientos de detenidos que no hubieran ejerci­do la violencia. Dijo Silvio Rodríguez en Face­book: “El encuentro con Yunior y Dayana fue bueno, no exagero si digo que fraterno; hubo diálogo, intercambio, nos escuchamos con atención y respeto. Para mí lo más doloroso fue escuchar que ellos, como generación, no se sentían ya parte del proceso cubano sino otra cosa. Me explicaron sus argumen­tos, sus frustraciones. Traté de ha­cerles comprender que a mis años también todo resultaba mucho más lento de lo que esperábamos que fuera”. Silvio Rodríguez le ha dado una lección a Miguel Díaz-Canel sobre cómo tratar a la oposición. Pero ha recibido otra lección bas­tante obvia: ha escuchado que Yu­nior y Dayana “no se sienten parte del proceso cubano”. Es tan anti­guo el cuento de la Sierra Maestra que no es posible, para los mucha­chos jóvenes, vincularse emocio­nalmente a esas historietas. Silvio nació en los años cuarenta. Yunior en los ochenta. Si Silvio fuera tan racional como aparenta le diría a Díaz-Canel que se preparara para el fin de la fiesta. Está a la vuelta de la esquina.

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