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Desaparecido



Por Pedro Pablo Yermenos

La ciudad estaba de júbilo. Regocijada por el reciente estreno de puentes, elevados y túneles que tanto contribuye a la engañifa de que se trata de una gran urbe, cuando en verdad no es más que el antifaz que oculta una realidad distinta, donde conviven millones que, durante su existencia, apenas podrán tener noticias lejanas de avances que no les alcanzan, ni sirven para suplir sus necesidades más elementales.

Pero son pocos a quienes no encandila el oropel y menos los que pueden establecer diferencias entre el lujo y lo necesario; entre lo superfluo y lo prioritario; entre el ser y el parecer. Por eso, cada noche, multitudes abarrotaban el carísimo boulevard construido encima del techo del más largo soterrado del país. Supuestas bondades proporcionaría aquella maravilla, adornada por preciosas esculturas y un imponente reloj que cada sesenta minutos anunciaría la hora a ritmo de merengues.

Obras como espejismo de progreso

De nada sirvieron advertencias de expertos urbanistas que probaron, con argumentos irrefutables, que se trataba de una inversión perdida y que, pasados los días de la fascinación efímera, aquello se encaminaría a un arrabal que apenas sería refugio de quienes persiguen eludir sus penas provocándose una especie de suicidio a intervalos.

Arrastrada por la novedad, la familia se trasladó una noche a constatar por sí misma las fantasías que de aquel lugar escuchaba. Sería oportunidad para compartir con los abuelos, la bisabuela, y pasear con los dos niños, el mayor de cinco y el menor de tres. Se asombraron al llegar con el enjambre humano que se apretujaba en aquel espacio recién descubierto por sus primeros usuarios. Se sintieron seguros al percatarse del moderno sistema de monitoreo que, desde un lateral de la avenida, seguía paso a paso el movimiento de admirados visitantes. Se creyeron fuera de peligro.

Para los pequeños, aquello no fue lo más placentero. Se sentían aprisionados ante tanta gente y no podían disfrutar de las pocas cosas para ellos que había en el lugar. Empezaron a reaccionar como cualquier infante y sus padres también se agotaban. Ante el calor sofocante que hacía, decidieron dejarlos corretear en los escasos resquicios disponibles y eso mejoró el ánimo de los muchachos.

En cuestión de segundos, perdieron de vista al menor. Una sensación de tragedia les embargó, como si presintieran, lo que al final ocurrió. Fue la última vez que vieron a quien para ellos, era uno de los bebés más hermosos del mundo.

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