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El corazón de la revuelta de Emilia Pereyra



El corazón de la revuelta es el título de la novela de Emilia Pereyra, ganadora del Premio Enriquillo de Novela Histórica 2020 que propicia el Archivo General de la Nación, mediante el Premio de Historia Vetilio Alfau Durán. Dicha novela se afirma dentro de lo que en los últimos tiempos algunos historiadores y críticos han denominado la «nueva novela histórica» (véase Seymour Menton: La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992, Eds. Fondo de Cultura Económica, México, 1993). Los estilos y fórmulas de escritura que asimila dicho género cobran valor a partir del testimonio, la historia política, social, epocal e imaginaria que involucra la ficción historiográfica y el momento historiológico, sostenido por los signos propios de la llamada realidad histórica, advertida por el sujeto histórico y narrativo. Esta movilidad que se convierte en material etnohistórico, escriturario y ficcional plantea problemas que han suscitado debates en torno a lo que puede, debe o permite ser la novela frente a la historia o desde la historia. Es cierto que la novela en América Latina y el Caribe ha sido un género marcado por la historia-ficción justificado en formas, abordajes, narrativas, estilos de escritura y «espejo de realidad» en tiempo y espacio, donde las ocurrencias tienen sus niveles de interpretación y comprensión elegidos por los novelistas o autores de historias formales. La novela El corazón de la revuelta, de Emilia Pereyra, compuesta por veintisiete capítulos coherentemente organizados en torno a la esclavitud, las protestas, levantamientos de esclavos, así como a los problemas generados por los colonialismos (español, francés, inglés), que han incidido en el espacio insular caribeño, presenta en sus imágenes de base los signos de una conflictiva esclavitud epocal. La misma convoca las voces de la memoria en movimiento. La conflictividad etnocultural, la opresión de sujetos, memorias individuales y colectivas, y cuerpos de representación territoriales, adquieren un valor ficcional en esta novela, donde el imaginario racial participa de imágenes pronunciadas en un espacio de producción en cuyos signos marginales, culturales, políticos e históricos aparecen como formas y relaciones propias de una explotación visibles y legibles en los usos de personajes y sujetos contradictorios dentro del enmarque colonial y poscolonial. Los ritmos, mentalidades, tramas, argumentos y focos de significación presentes en esta novela remiten a geografías de rebelión, muerte, explotación humana, abusos, disrupciones socioculturales y tiempos-espaciales, donde mundo y sentido conforman significados históricos, antropológicos, literarios y políticos, visibles e interpretables a partir del texto novelesco en cuestión. Entre el estallido, el personaje, el desgarrón histórico y el significante real-imaginario se crean otras historias de personajes que prometen un conocimiento de núcleos de servidumbre, dominación clasista, cuerpos testimoniales y ficcionales que se pronuncian también en el mapa mismo de la novela. Enfrentamientos, suplicios, quejas, dolores, martirios, acusaciones, fugas de esclavos, súplicas y maldiciones, la novela se va construyendo mediante cardinales de secuencias, que ayudan al lector a entender la construcción novelesca en tiempo y espacio, así como el mundo imaginario de la autora. La tensión, relación, registro discursivo, espaciamiento y pautas de desarrollo utilizados como recursos por la escritora, nos acercan al contexto de la realidad ficcional narrado. Las interpolaciones espacio-temporales, así como la estructura misma del personaje (individual y colectivo), textualizan un horizonte de interpretación animado por los eventos y acciones directas o indirectas surgidas del conflicto. En efecto, tal y como podemos leer en el trazado textual de esta novela, personajes como Ana María, Toño el Carretero, don Juan Bautista, Candela Cundeamor, Tomás Congo, Pancho Sopó, Matisalé, don Gabriel, Joaquín García y Moreno, Cabrera, Maricantó y otros más, secundarios e invisibles, conforman aquella cultura de la opresión y la sublevación que se deja leer en El corazón de la revuelta. Tanto Boca de Nigua como Guárico aparecen en el desarrollo de esta novela como espacios de rebelión, donde la mano de obra esclava y la explotación abusiva han ido, según las voces de los personajes, empujando a los servidores y al sujeto esclavo mismo a constituir grupos de sublevación en Boca de Nigua, en Guárico en Saint Domingue. Resuena y se lee en el estallido el cuerpo de una rebelión en potencia, en fermento, donde la sorprendente y estremecedora batalla alcanzó ribetes de una violencia destructiva, radicalizada contra el poder colonial. Es así como la novela cobra más ritmo temático en su base de desarrollo, tensión y particularidad como fuerza imaginaria. Al concentrar su foco de acción en el Santo Domingo español, al tiempo que también los personajes femeninos presentan una vitalidad cuasipoderosa, como Ana María, Maricantó, doña Lala, toda una tipología de personajes rebeldes aparece descrita por la autora a partir de sus especificidades. La respuesta a su rebelión aplacó la ira, el odio y el fuego de estos cuerpos, su temperatura emocional y corporal, sus gestos históricos y liberadores en un contexto donde se asumió el diseño colonial de dominación. De ahí la respuesta que frustra el significativo levantamiento de aquellos negros que fueron capturados y sometidos a obediencia por el poder militar de la colonia. Según narra la autora: Bajo el crudo sol, los soldados acumulan como leños a los otros detenidos, muchos paleados, quejumbrosos y desesperados… Algunos se lamentan por dentro o vomitan furores, quejas e insultos a puros gritos como Pedro el Viejo, alias Papá Pier, el cocinero Juan Pedro, la recién parida y lacrimosa lavandera Esperanza, los picadores de caña, Fermón Yair y los llamados Lorenzo Cabé, Melchor Buey, Anselmo Cobele, Hipólito Paná, Ventura Beré, Plácido Eipú, Pedro Mondongo y varios trabajadores de las casas. Algunos callan, como el flaco Copa Bozal, el gago Santos Yaurú, el taciturno Basilio Senguí, el sordo Antonio Polón, el parco Lorenzo Congo y otros. La participación de los negros o la «negrada» se explica en parte debido a los niveles brutales y agresivos de trabajo. La servidumbre de origen africano que vivía en Boca de Nigua estaba en gran parte dedicada a servir y hacer el trabajo «bruto» del ingenio. Pero cuando ocurren los levantamientos se acentúan los ritos ancestrales y la violencia imparable de sus creencias y raíces. Esta novela es una ficción y espejo del mundo colonial e insular. La explotación y conflicto que abrió compuertas en el mundo colonial presenta las imágenes de ese mundo y sus rupturas etnoculturales. Boca de Nigua y Guárico son dos lugares reales e históricos, que la novelista acoge como espacios de conflicto, opresión y lucha, siendo así que desde estas junturas aflora el tejido histórico-fantástico de las acciones ocurrentes en la vida colonial, insular, sobre todo en el Santo Domingo colonial y en el también Saint Domingue francés. La novela crea una fluencia y una dimensión histórica e imaginaria legible en el cuerpo histórico y narrativo, pero también en el cuerpo insular colonial y anticolonial, revelándose de esta suerte las fuerzas sociales esclavizadas y los tejidos esclavos que generaron respuestas, a veces derrotadas y otras veces triunfantes como voces libertarias. Leer esta novela en su contexto de escritura implica ir descubriendo las raíces de la opresión y de los estallidos que nacieron como parte de una conciencia etnocultural del negro esclavo, en esta isla colonizada por fuerzas que respondieron a los diversos tratados históricos de paz y dominio y que también sirvieron para el negocio, propiedad y poder del cuerpo imperial dominante en el Caribe en general.


ODALÍS G. PÉREZ

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