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El déficit democrático del mundo globalizado



JONATHAN D’OLEO PUIG Santo Domingo, RD La globalización, como hoy la co­nocemos, ha di­luido tanto la identidad como la soberanía de los pueblos, especialmente la de países re­lativamente pequeños que la han puesto como prioridad sobre su agenda nacional. Uno de los ejemplos más emblemáticos del particular lo vemos del otro lado del charco, en la Unión Europea, donde muchas de las naciones que la conforman se ven compelidas a adherirse a los dictámenes de Bruselas a expensas del mejor inte­rés de los hijos de su tierra. Hoy por hoy, países euro­peos como Polonia y Hun­gría están siendo seriamente amenazados por los burócra­tas que operan en la sede de la Unión Europea en Bélgi­ca. Estos quieren que los hún­garos y los polacos adopten ciertas políticas federalistas en torno a la regulación de la prensa, la ideología de géne­ro y cuestiones relacionadas a su código penal. Sin embargo, la gran ma­yoría en sendos países se opo­ne a la implementación de esas medidas. Mientras que bajo un sistema democrático tal oposición mayoritaria de­bería, en principio, poner fre­no a esos intentos, la realidad de facto es que el poder insti­tucional de carácter suprana­cional suplanta la voluntad popular. Esto por el hecho de que, como organismo político regional, la UE tiene recursos lo suficientemente poderosos para implementar su agenda, aunque esta no goce del apoyo de las masas a nivel estatal. Además de su peso institu­cional el cual es, en sí mismo, formidable y de gran alcance, la UE cuenta con el apoyo de importantes grupos económi­cos como el que preside Geor­ge Soros. Así, implementando su poder de manera concen­trada y sistemática, un orga­nismo regional como la UE, erosiona la democracia a ni­vel local y nacional; generan­do, de esa manera, un déficit en la representación de la vo­luntad de los pueblos en tor­no al establecimiento, diseño e implementación de políticas públicas. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué debemos abando­nar los esfuerzos de integra­ción en el plano global para salvaguardar el imperio de la voluntad popular a nivel na­cional? En mi opinión, no se trata de abandonarlos, sino de repensarlos e implementarlos de manera orgánica; de lo lo­cal a lo nacional; y de lo nacio­nal a lo regional; y de ahí, a lo global. No de lo global a lo lo­cal, de manera sintética; sos­layando las particularidades y voluntades de las diferentes comunidades. Más específi­camente, entiendo que los es­fuerzos de integración deben desarrollarse y circunscribirse al aspecto económico primor­dialmente. De esta manera, el elemento funcional de la in­tegración se constituye en la base de la armonía relacional entre las partes. Ese fue, de hecho, el espíritu con el cual procedieron los precursores de lo que hoy conocemos como la Unión Europea, que, en sus inicios, después de la Segunda Guerra Mundial, se llamaba la Comunidad Europea del Car­bón y del Acero. La misma fue estructurada en base a la com­plementariedad económi­ca de los países firmantes que fueron, originalmente, Bélgi­ca, Francia, Italia, Luxembur­go, Holanda y Alemania Occi­dental. Décadas después, bajo el liderazgo de Jacques Delors, la Comunidad Económica Eu­ropea se expandió significati­vamente y pasó a ser, con la fir­ma del Tratado de Maastricht en 1992, la Unión Europea. Bajo ese formato el elemento político del organismo se ha constituido en la punta de lan­za del mismo, mientras que el económico se ha convertido en un mecanismo de presión para avanzar la agenda ideo­lógica de la organización. De esa manera, la integración que comenzó como una Europa de estados unidos hoy es, si se quiere, una especie de Estados Unidos de Europa. Pero ¿por qué el autor de estás líneas estima esa evolu­ción como una erosión de la democracia? Especialmen­te cuando de este lado del At­lántico tenemos, por ejemplo, una integración bajo el forma­to de Estados Unidos de Nor­teamérica; integración que es, a su vez, un país el cual, a pe­sar de sus falencias, es catalo­gado como la democracia más exitosa de la historia. A diferencia de Estados Unidos de Norteamérica, en­tiendo que el Estados Unidos de Europa puede ser y, en efec­to, es una afrenta a las demo­cracias por el gran nivel de he­terogeneidad de los pueblos que la conforman. En Esta­dos Unidos de Norteamérica, si bien existen diferencias en­tre las idiosincrasias de los es­tados del este, del oeste y del medio-oeste del país, su gen­te tiene, en gran medida, la misma historia, cultura e idio­ma. A través de los países que conforman la Unión Europea no existe tal grado de homo­geneidad idiomática, históri­ca y cultural. Por tanto, la he­gemonía institucional de la UE como organismo supranacio­nal representa una amenaza a la preponderancia que debe tener la voluntad popular de sus países miembros que son, entre ellos, significativamente heterogéneos. Para concluir, cabe mencionar que aquí en La Hispaniola, los dominica­nos estamos siendo objeto de algo similar a lo que están ex­perimentando los húngaros y los polacos. Poderosas fuerzas foráneas circulan en las venas de la geografía Quisqueyana bajando un suero que el cuer­po societario rechaza; un sue­ro que atenta contra la salud del presente y del futuro de la República Dominicana. Así es, corrientes extranjeras bus­can cambiar nuestras buenas costumbres e integrarnos cual si fuésemos uno con Haití, la nación vecina que, a pesar de ser la más cercana a la nuestra geográficamente hablando, es profundamente distinta a no­sotros en prácticamente to­dos los órdenes. Ahora, más allá de las diferencias, que no quepa duda, los dominicanos amamos y nos solidarizamos con los haitianos, pero esto dentro del marco de las delimi­taciones que deben caracteri­zar a un vecindario armonioso y organizado. Uno donde cada casa tiene sus reglas; uno don­de, sí, los vecinos se ayudan, pero tienen como prioridad número uno el bienestar de los suyos en el territorio que, en derecho, le corresponde a ca­da uno. El autor es economista. Sitio web www.jonathandoleo.com

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