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LAS BRUMAS DE LA EXISTENCIA



Roberto Marcallé Abreu

MANAGUA, NICARAGUA. Digamos que, en otros tiempos, estos días de Semana Santa en República Dominicana eran excelentes para meditar y reencontrarnos con nosotros mismos. Reflexionar en nuestra propia existencia, las de todos, así como en nuestra realidad social, sueños y aspiraciones, y pensar en desterrar los aspectos menos estimulantes de nuestra existencia. Una práctica que se ha ido perdiendo en las brumas de la existencia.

Cuando uno examina nuestra cotidianidad no es difícil concluir que nuestra vida interior, el ejercicio de un “examen de conciencia”, la espiritualidad adecuadamente asimilada y practicada han perdido mucho terreno. Somos menos meditativos, observamos y cuidamos menos nuestra condición de seres humanos. Ahora cuenta más lo inmediato, lo que nos procura una satisfacción de cualquier naturaleza, la banalidad, la estupidez, la ostentación y la locura que parecen haberse apropiado de muchas personas.

Basta con escuchar los “versos” de un buen porcentaje de la horrible música predominante, los atuendos y la presencia de ese tigueraje vociferante e insoportable que son sus intérpretes, la superficialidad de la gran mayoría de los “diálogos” radiales y televisivos, la notoria degradación del “arte” cinematográfico (con escasas excepciones, todo el cine actual se compone de un solo argumento), la ausencia de las buenas costumbres, la generalizada superficialidad, la degradación del habla por el uso y abuso de jergas, un lenguaje pobrísimo y burdo y la masiva presencia de decenas de lugares comunes.

O bastaría con echar una ojeada a las redes sociales, los periódicos, escuchar las personas, el hablar común en todas partes. Lo evidente es que la sociedad humana está en crisis y atraviesa uno de los momentos más delicados de su existencia, cuando más se requiere la hondura de pensamiento, la formalidad, la claridad de ideas y el sentido común para enderezar tantos entuertos. La vulgaridad, la carencia absoluta de valores, el irrespeto, la indecencia, se han integrado de forma dominante a nuestra forma de vida.

Sufrimos el acoso en las redes sociales de un nivel de exhibicionismo, vulgaridad, irrespeto e indecencia que desborda hasta los extremos más inconcebibles. Conductas, lenguaje, proceder de verdad repulsivos son parte del pan nuestro de cada día. Yo me pregunto dónde están los padres, madres y parientes de tantas muchachas de una belleza envidiable que figuran en las pantallas de nuestros celulares y computadoras exhibiendo conductas definitivamente incalificables que desbordan cualquier extremo de bajeza, inmoralidad y desvergüenza.


Tengo la impresión de que la sociedad y los seres humanos atraviesan una de sus peores crisis de identidad. No se puede consolidar una convivencia humana valedera si no hay valores ni principios. Hay demasiados apetitos y son contados los ejemplos valederos. Admiro sinceramente aquellas personas que valoran la decencia, la honradez, que se preocupan por inculcar valores a sus hijos, y que no pueden sino rechazar con ojos de repugnancia a quienes, desde diversos litorales, procuran reproducir las perversidades e inconductas de los césares de la decadencia.

A veces uno puede pensar que sufrimos los estragos que, en todos los órdenes, dejó tras de sí la pandemia. Puede que para muchos sencillamente ese estado de cosas evidenció la debilidad e impotencia del ser humano, la invalidez de los principios, de las conductas socialmente válidas, la incredulidad. Ante la enfermedad, no contaban creencias ni razas, ni recursos, ni poder de cualquier naturaleza. Todos éramos o podíamos ser víctimas de un mal que no reconocía diferencias entre un millonario o un científico y un pordiosero. Esta convicción agredió en lo más profundo nuestra condición humana, nos colocó frente al espejo de la verdad en el que podíamos contemplarnos tal y como somos. Nos debilitó física, espiritual y moralmente.

Desconocemos cuantas creencias y cuantos valores se fueron a pique ante una tragedia que dejó tras de sí un mundo trastornado, desconcertado, millones de muertos y una sociedad humana extraviada y sin rumbos claros.

En estos días de Semana Santa, conviene hacer un alto y reflexionar. ¿Qué nos ha pasado? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Hacia dónde nos encaminamos? ¿Cuáles peligros nos acechan? El esfuerzo individual, transformado en decisión colectiva, puede que sea el único camino idóneo para salvarnos de las muchas amenazas al acecho cuyas consecuencias sencillamente pueden resultar catastróficas para toda la raza humana.

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