Nuestra vida y nuestra historia están en las manos de Dios



Nuestro rompecabezas pasa a ser una pieza que ha de encajar.

Etapas. En cada uno nos suceden eventos, experiencias, sucesos, que valorado como buenos y agradables Joaquín Disla ESPECIAL PARA HOY Nuestra vida y nuestra historia (por historia me refiero a los sucesos, eventos, hechos, que han acontecido en nuestro pasado, ya sea a nosotros mismos o vinculados a nosotros) podemos interpretarla desde dos perspectivas. Una tiene que ver con la perspectiva humana y la otra desde la perspectiva de Dios. Es muy evidente que para afirmar que existe la perspectiva de Dios tenemos que creer que Él existe y que es una realidad para nosotros. Si no se cree en esta realidad, entonces, esta perspectiva no tiene ningún sentido ni razón de ser. 1.- Nuestra vida y nuestra historia desde la perspectiva humana Los humanos vivimos nuestro peregrinar en ciclos, en etapas. Y en cada uno de ellos nos suceden eventos, experiencias, sucesos, que hemos valorado como buenos y agradables, y otros como no tan buenos o malos. Las experiencias buenas las atesoramos y guardamos muy buenos recuerdos. De ellas podríamos decir que están ‘en un rincón del alma’, tal como cantaba Alberto Cortés. Casi siempre cuando nos llegan a la memoria o nos las recuerdan, la expresión que brota del fondo de nuestro corazón es: ¡Recordar es vivir! Otra expresión que también utilizamos es la de: ‘fue una época de oro’. Son valoradas como positivas porque nos ayudaron al logro de nuestros propósitos; estaban alineadas con nuestras expectativas. O también, porque estuvieron ligadas a momentos donde las cosas fluían para nuestro bien y los que estaban alrededor nuestro. Están relacionadas con la alegría de la vida y la alegría de vivir. Con las experiencias malas –o no tan buenas- lo que quisiéramos es no tener memoria de ellas. Cito aquí una expresión-testimonio vinculada con este tipo de experiencias (refiriéndose a la pérdida de un hijo) en la cual el autor me escribió: “Como usted sabe fue un suceso que ojalá se borrara para siempre de nuestras vidas”. La memoria de este tipo de eventos nos abruma, nos produce dolor, amargura, tristeza. Otra veces, lo que nos produce es enojo, malestar, decepción, sobre todo cuando están vinculadas con actos de injusticia que cometieron contra nosotros o contra los nuestros. Y, a veces, sin darnos cuenta, corren por nuestras mejillas algunas lágrimas que expresan el dolor o la tristeza que produjeron estos acontecimientos. Normalmente, con sucesos de esta clase nos llegan dos preguntas que se quedan en nuestro mundo interior buscando unas respuestas que la gran mayoría de veces las que encontramos no nos satisfacen. Estas preguntas son: A. ¿Por qué a mí? (a nosotros). La conclusión a la que llegamos es del tipo: No me lo merecía. B. Y ¿Por qué ahora? Conclusión: debió ser en otro momento. No debemos pasar por alto las consecuencias que se derivan de estas duras y amargas experiencias. Consecuencias que no siempre estamos en la mejor disposición de reconocer y sobre todo de aceptar. 2.- Nuestra vida y nuestra historia desde la perspectiva de Dios Para presentar esta perspectiva me voy a anclar en lo que Dios nos dijo a través del apóstol Pablo cuando este escribió: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8: 28. Versión Reina-Valera 1960). La clave de este pasaje está en entender que cuando el Apóstol habla de ‘todas las cosas’ se está refiriendo a todas las cosas ‘juntas’. En la eternidad de Dios “todas las cosas juntas”, es decir, todas las experiencias positivas y las negativas (según nuestra clasificación) cuando se ven en conjunto el resultado final es bueno. Aun lo difícil, lo duro, lo doloroso, lo incomprensible, lo amargo, ayuda para nuestro bien. El Salmista pudo entender muy bien la historia de José cuando la vio desde la perspectiva del Eterno. Lo expresó en una sencilla pero significativa oración: “Pero él (Dios) ya había dispuesto que nos salvara José, a quien sus hermanos habían vendido como esclavo” (Salmo 105:17; Versión TLA: Traducción en Lenguaje actual). En la eternidad de Dios nuestra vida y los sucesos que nos pasan no se viven en ciclos, en segmentos sino que simplemente son. El Eterno es omnisciente: que todo lo sabe. Es omnipotente: que todo lo puede. Es omnipresente: que está presente en todas partes. Nos puede ayudar mucho a entender esta perspectiva el juego del rompecabezas. La característica esencial de este es que cada ficha encaja en un único lugar y no en otro. Cuando queremos forzar una pieza para que encaje donde ella no va, ella se resiste y nos dice: ‘no es aquí que voy, ponme en mi justo lugar’. Así es nuestra vida y nuestra historia desde la perspectiva de Dios. Cada suceso, experiencia o acontecimiento encaja en un único lugar. Ya nuestro rompecabezas está armando en la eternidad de Dios. Tengamos también presente que nuestro rompecabezas pasa a ser una pieza que ha de encajar en el rompecabezas de la voluntad de Dios establecida desde la fundación del mundo. El amor incondicional del Eterno hacia nosotros se muestra a través de su gracia (recibir el favor, el regalo que no merezco) y de su misericordia (no recibir el castigo, la sanción, que merezco). Sin embargo, no debemos pasar por alto que Pablo empieza su proposición con las palabras ‘a los que aman a Dios’. En la eternidad de Dios “todas las cosas juntas ayudan para nuestro bien” si cumplimos con este mandato. Quiero terminar retomando el ejemplo-testimonio que puse más arriba (sobre la pérdida del hijo). El texto continúa de la siguiente manera: “Qué alentador es escucharle decir que la alegría de su nacimiento y la tristeza de su partida encajan juntas en el rompecabezas nuestro que Dios tiene en sus manos… Todo eso -junto- es para nuestro bien; QUERÁMOSLO O NO. Es el propósito de Dios para nuestro bien”. Sí, no hay dudas. ¡Desde la perspectiva de Dios nuestra vida y nuestra historia están en sus manos para nuestro bien!

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