Pasado con rastros




Pedro Camilo

La Prensa

Uno entra a Salcedo cuando viene de Moca y nota que ya está en el pueblo porque ve las casas situadas en el Alto de los Rojas, un espacio de la ciudad periférica que uno empezó a ver desde que era un niño y donde todavía creo mirar, como un fantasma, a Don Ricardo Rojas, alto y delgado, con un colín amarrado a la cintura y con un sombrero borsalino cubriendo una calva que es un cuño genético de la familia.

Y uno sigue y de repente se topa con otro golpe de nostalgia: ahí, a mano izquierda, está la escuela de la señorita Gómez, donde uno estudió la primaria y la intermedia, y donde uno aprendió a leer en los libros de la colección Sembrador y a escribir con cierta corrección y con cierta elegancia caligráfica mediante el método de Palmer.

Enfrente están las oficinas gubernamentales donde Nino Miguel ejercía como Oficial Civil, como Oficial Civil con autoridad por su gran eficiencia cuando se trataba de buscar con prisa en los viejos legajos, actas de nacimiento para apurar cualquier diligencia de última hora. Más allá, a la izquierda, uno encuentra la bomba de César Polanco y si uno se desviara hacia la izquierda llegaría hasta ese espacio que surgió luego de rellenar una hondonada y convertirla en un barrio donde Tobías Cabral y yo íbamos por las noches a fumar un cigarrillo Salem a escondidas, en medio de la oscuridad, y dentro de nuestros ritos de iniciación.

Ahora bien, si en lugar de girar hacia la izquierda uno sigue derecho, entonces hallaría la antigua plazoleta Julia Molina, que luego de la muerte de Trujillo fue bautizada como “Hermanas Mirabal”. Enfrente está la fortaleza donde estuvieron presos los esposos de estas mártires, Pedrito González, Leandro Guzmán y Manolo Tavárez Justo, cuando hacer política era asunto de hombría y de dignidad.

Uno sigue por la Doroteo Tapia como un robot: durante toda su infancia y su adolescencia uno caminó por esta vía hasta la esquina con la Sánchez, cuando diariamente uno regresaba a su casa desde la escuela pública. Uno descubre que esa identidad que empezó a crecer en el Alto de los Rojas ahora se pone más grande porque uno se hermana consigo mismo y con los demás: aquí tenemos una historia común.

Pero uno continua su camino porque aunque la casa materna está ahí, con su apariencia victoriana y su jardín frontal, ya esa casa tiene otros dueños y uno siente que ese espacio ha pasado de “lugar” a “no lugar”, para utilizar los términos acuñados por Marc Augé, el antropólogo francés que le pone semblante a las ciudades.

En la esquina de la farmacia Santa Teresita, ocupada ahora por el centro médico de Bauta Rojas, uno tiene dos opciones: primero, podría mirar hacia el parque e imaginar que El Mocho vocea, mientras deja la caja de limpiabotas y salta apoyado en su muleta: “Ya si encontró la vaca el becerro”; esta frase brota de su garganta por el júbilo de vislumbrar a uno; o segundo, uno podría contemplar la casa de Karina y Edicasio, a sabiendas de que ellos están en el supermercado y que ahí sólo está Mamá Mechi y Edi David, en tanto que Keila y Edicasio hijo se encuentran en el colegio.

Ahora bien, el espíritu, guiado por el peso del amor, controla la voluntad y hace que uno lleve a cabo las dos cosas de manera alternada. Después uno sigue y se detiene frente a donde quedaba la casa de Nina y suelta la imaginación y ve a Nino Miguel y a Mon Brache sentados ahí, tomando sus tragos y hablando de política y de pelota, esto es, de Balaguer y de Las Águilas, que de las dos cosas ellos eran aficionados.

Tengo que frotarme los ojos para despegar estas imágenes y poder mirar el consultorio del Dr. Román Bautista Brache, ahora convertido en restaurante. Extraño el biombo que anunciaba que el Dr. Brache era Médico General. Imagino el cuadro colgado en la pared, que muestra a un médico mientras trata de arrancar la muerte a una mujer. Intuyo también al ayudante del Dr. Brache oficiando de hierofante en tanto elabora pócimas y ungüentos. Uno continua por la Doroteo Tapia y al llegar a la esquina de la Francisca R. Molins, uno choca con un recuerdo muy dulce: la repostería de Doña Lucila Ariza.

Entonces uno siente que la memoria se llena de panes, suspiros, biscochos y canasticas rellenas de dulce de guineo. Uno desea poner el ancla ahí, pero para qué, si lo que ahora existe es otro negocio. Uno recorre con la vista desde esta esquina hasta donde la visión se pierde al meterse la calle en el sector de El Hoyo; acá estaría el Señor Salomón con su tienda; allí Bayoán Portalatín, allá Antonio Elmúdesis; enfrente, la farmacia de Doña Paulita Montalvo; más allá la Casa Tono; enfrente, el consultorio dental de la Dra. Fe Violeta Ortega; luego la residencia de Margarita Brache; enfrente la casa de Fellito Liriano; y allá arriba, la casa y el consultorio médico del Dr. Ramón Guzmán.

Pero no crean; algunas de estas personas ya murieron o se mudaron de ahí; también, los consultorios médico y dental y algunos de los negocios mencionados ya desaparecieron. Hilvano estas palabras sólo para decir que Salcedo es todavía una “…pequeña aldea que se levanta en medio del campo y cuyo campanario que apunta hacia el cielo azul ocupa nuestros ensueños”, como dijo el propio Marc Augé al referirse, no a Salcedo, sino a lo que para él es un “lugar” y para diferenciarlo de lo que es un “no lugar”, al que define como “…un espacio en el que quien lo atraviesa no puede interpretar nada ni sobre su propia identidad (…), ni sobre sus relaciones con los demás o, más generalmente, sobre las relaciones entre unos y otros…”

Mientras viajaba hacia el establecimiento industrial L’Oreal, el antropólogo francés observaba el paisaje para luego describirlo así en su libro El viaje imposible. El turismo y sus imágenes: “…los componentes principales del paisaje periurbano actual (autopistas de cuatro carriles, grandes superficies, grandes conjuntos) destinan sin embargo al individuo a la soledad y al anonimato, en la medida misma en que ese “paisaje” se descalifica, perdido entre un pasado sin rastros y un futuro sin forma” Y uno piensa, al leer a Marc Augé, que Salcedo sigue siendo una aldea en medio de un campo cuyo campanario apunta hacia el cielo azul, y que, a pesar de todo - o por eso mismo-, ha logrado conservar los rastros de su pasado, unos rastros que ayudarían a darle forma a su futuro.

Por supuesto, cuando esos rastros se pierden, uno los encuentra en el espíritu. Ciertamente, esto es válido para cualquier pueblo; si peco de provinciano y menciono sólo a mi pueblo es por una cuestión no tanto del espíritu, sino del alma.


16 visualizaciones

Entradas relacionadas

Ver todo
Revista la Prensa
Administrado
Periódicos de Rep. Dom. 
Sigue los Tags
No hay tags aún.
Sigue "La viruta"
  • Facebook Basic Black
  • Twitter Basic Black
  • Google+ Basic Black
  • Facebook Social Icon
  • 1200x630bb
  • Twitter Social Icon
  • YouTube Social  Icon
  • Google+ Social Icon
dispponible.png
  • Facebook Social Icon
  • 1200x630bb
  • Twitter Social Icon
  • YouTube Social  Icon
  • Google+ Social Icon
WhatsApp-Symbol.png